Situado en un enclave estratégico de la provincia de Burgos, a las puertas del imponente Desfiladero de Pancorbo, el pueblo de Ameyugo ha sido, desde tiempos medievales, un testigo fundamental del tránsito, la frontera y la defensa en la comarca del Ebro. Su historia está íntimamente ligada al control de las vías de comunicación que unían el centro de la Península con el norte y Europa, un factor geográfico que esculpió su fisonomía y lo convirtió en un bastión señorial relevante.
Los orígenes documentados de Ameyugo nos trasladan a la Edad Media. Por su término discurría uno de los ramales históricos del Camino de Santiago y la vía principal de comercio, lo que atrajo el interés de las grandes familias nobiliarias de la época.
El municipio perteneció inicialmente a la poderosa Casa de Lara. Con el paso de los siglos, concretamente hacia el siglo XVI, su propiedad y control señorial pasaron a ser compartidos por dos de los linajes más influyentes de la Corona de Castilla: los Velasco (Condestables de Castilla) y los Vélez de Guevara.
Además de su actual iglesia de Santa María la Antigua, Ameyugo contó con una joya del románico del siglo XIII: la ermita de San Juan. Lamentablemente, su espléndido ábside —que guardaba grandes similitudes con el de San Nicolás de Miranda de Ebro— corrió la misma suerte que otras tantas piezas del patrimonio español y fue vendido en 1930 a coleccionistas estadounidenses, perdiéndose su rastro exacto en la actualidad.
Ubicado en el propio entramado urbano del pueblo, el Torreón de los Guevara es el monumento más imponente y mejor conservado de Ameyugo. Se trata de una magnífica muestra de arquitectura militar y residencial señorial de finales del medievo.
Aunque se le conoce popularmente con el nombre de los Guevara, la fortaleza estuvo vinculada originariamente a la familia Velasco. La documentación histórica apunta a que fue mandada levantar hacia el año 1480 por doña Isabel de Guevara.
El edificio presenta una planta rectangular, siendo notablemente más alargado que profundo. Sus muros, de un grosor considerable de 1,20 metros, están construidos con un sólido sillarejo, reforzado con sillares perfectamente labrados en las esquinas.
En su fachada norte destaca un elegante ajimez (ventana de doble arco).
En la parte superior del torreón todavía sorprende una apretada hilera de canecillos, los cuales denotan la probable existencia en el pasado de un cadalso (estructura de madera volada para la defensa vertical).
Aunque el tiempo ha limado parte de su corona, en el muro septentrional aún se conservan algunas de sus almenas originales, albergando en su interior la planta baja y tres pisos de altura.
En la cima del monte que corona Ameyugo, vigilando desde las alturas el curso del río Oroncillo, se asientan los vestigios de un antiguo castillo medieval. Esta fortaleza primigenia cumplió durante siglos la función crítica de proteger la frontera y dominar visualmente los accesos al desfiladero.
Con el devenir de los tiempos el castillo fue perdiendo su utilidad militar y quedó abandonado, desapareciendo casi por completo.
Sin embargo, la historia le reservó un último servicio estratégico en el siglo XIX: en el contexto de las Guerras Carlistas, el ejército liberal aprovechó los restos de la pequeña torre fortificada del castillo para integrarla en la modernidad de la época. Fue readaptada y reconvertida en una torre de telégrafo óptico.
Estas líneas de telegrafía óptica consistían en una red de torres fortificadas situadas en lomas elevadas, separadas a unos kilómetros entre sí. Mediante un sistema de persianas o lamas de madera móviles situadas en la azotea, los soldados enviaban mensajes visuales codificados que se replicaban de torre en torre. La posición elevada y casi inaccesible de la vieja fortaleza de Ameyugo resultaba perfecta para conectar rápidamente las comunicaciones militares entre Madrid y la frontera norte, uniendo la ingeniería decimonónica con los viejos cimientos de la estrategia medieval.
Hoy en día, el contraste entre el robusto torreón señorial a pie de calle y las evocadoras ruinas de la torre telegráfica en la cumbre configuran un paisaje patrimonial único que define a la perfección la esencia histórica de Ameyugo: un pueblo nacido para vigilar, comunicar y proteger.
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| A orillas del río Oroncillo. |
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| Torreón de los Guevara. |
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| Restos del castillo roquero cuya última función fue la de telégrafo óptico. |
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| Iglesia de Santa María La Antigua. |
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| Antiguo puente sobre el Oroncillo ofuscado por la construcción de la Autopista. |
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| Restos del castillo (fotos de archivo) |
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| Puente sobre el Oroncillo poco antes de iniciarse las obras de la Autopista AP1. |
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| Imágenes de hace unos años del castillo (archivo personal): |
VÍDEO ELABORADO POR KEPA B. RUANO:






























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