Tras dejar atrás el castillo de Loarre nos dirigimos a los famosos mallos de Riglos.
Los Mallos de Riglos se erigen en la provincia de Huesca como una de las formaciones geológicas más espectaculares y magnéticas de la península ibérica. Estas moles de conglomerado, que alcanzan los 300 metros de altura vertical, no son solo un santuario para escaladores de todo el mundo, sino también un lienzo donde la naturaleza y la historia aragonesa se entrelazan con una fuerza visual incomparable.
Los mallos (término aragonés que define estas formaciones troncocónicas) se formaron durante la orogenia alpina, cuando los sedimentos de cantos rodados cementados por arcilla y arena fueron elevados y, posteriormente, modelados por la erosión del agua y el viento.
El resultado es una muralla de color rojizo —debido a la oxidación del hierro— que cambia de tonalidad según la posición del sol. Destacan nombres propios como el Pisón, La Visera, el Mallo, el Fire o el Puro, cada uno con su propia mística y rutas de ascenso que desafían la gravedad.
Ubicada en el corazón del pueblo, al abrigo de las inmensas paredes de piedra, se encuentra la Iglesia de de Nuestra Señora del Mallo (s.XVII). Lo más impactante es su ubicación; desde su plaza, la perspectiva de la torre del campanario recortada contra la verticalidad del Mallo Pisón ofrece una de las estampas más fotografiadas de Aragón.
A las afueras del núcleo urbano se halla una ermita románica, la ermita de San Martín o de Santa Cruz, datada en el siglo XI. Posee una sola nave con un ábside semicircular decorado con los característicos canecillos. Su sencillez es su mayor virtud. Esta pequeña iglesia formaba parte de un antiguo monasterio hoy desaparecido.
Vista en zoom desde la lejanía.
Poco a poco nos vamos acercando a Riglos.
Dejamos aparcado el coche en un gran estacionamiento.
Ermita de San Martín o de la Santa Cruz. S. XI.
El ábside con interesantes capiteles.
Callejeando.
Una típica chimenea.
Durando unos cientos de metros fuimos bordeando los mallos por una senda bien marcada.
Llegamos hasta el mallo del Fire y nos dimos la vuelta.
Segundo día: 7-04-2026. Uno lo los platos fuertes:
El Castillo de Loarre, erigido majestuosamente sobre un espolón de roca caliza en la sierra que lleva su nombre, no es solo una fortaleza; es el máximo exponente de la arquitectura civil y militar románica en España y, posiblemente, de toda Europa. Su silueta domina la Hoya de Huesca, ofreciendo un testimonio pétreo de la convulsa frontera que separaba los reinos cristianos de Al-Ándalus en el siglo XI.
La historia de Loarre está intrínsecamente ligada a la expansión del Reino de Aragón. Su construcción se desarrolló principalmente en dos fases clave.
El núcleo primitivo (hacia 1020) fue iniciado por el rey Sancho III el Mayor de Navarra. En esta época se levantó el recinto central, la Torre del Homenaje y la Capilla de Santa María, con una función puramente militar de vigilancia.
La ampliación real (hacia 1070), acometida por el rey Sancho Ramírez, que transformó la fortaleza en un centro espiritual y político al fundar un monasterio de canónigos de San Agustín en su interior. Fue en este periodo cuando se construyó la impresionante iglesia de San Pedro y la muralla exterior que hoy conocemos.
Su importancia estratégica declinó a medida que la Reconquista avanzaba hacia el sur (toma de Huesca en 1096), lo que irónicamente permitió que el castillo se conservara casi intacto, sin las modificaciones góticas o renacentistas que sufrieron otras fortalezas.
Lo que hace único a Loarre es su simbiosis con el terreno. El castillo no se asienta sobre la roca, sino que nace de ella, aprovechando los desniveles naturales como cimentación y defensa adicional. La Muralla Exterior, construida en el siglo XIII, cuenta con un perímetro flanqueado por torreones semicirculares y una única puerta de entrada.
La Iglesia de San Pedro es la joya arquitectónica del conjunto. Presenta una planta de nave única con un ábside semicircular y, lo más sorprendente, una gran cúpula sobre trompas. Es extremadamente raro encontrar una cúpula de tales dimensiones en el románico temprano español, lo que sugiere la influencia de maestros constructores de gran pericia técnica.
La Torre del Homenaje (de 22 metros de altura) funcionaba como último refugio, mientras que la Torre de la Reina protegía la zona residencial.
A pesar de su austeridad militar, Loarre alberga una riqueza decorativa excepcional, concentrada especialmente en la escultura de sus capiteles, los cuales presentan una iconografía variada que va desde motivos vegetales y entrelazados de clara influencia jaquesa (el famoso "ajedrezado"), hasta representaciones figurativas de animales fantásticos y escenas bíblicas.
El diseño de los vanos y ventanales en el ábside de la iglesia genera un juego de luces y sombras que, en el siglo XI, buscaba crear una atmósfera de misticismo y elevación espiritual para los monarcas y monjes que allí residían.
Dato curioso: su excepcional estado de conservación y su imponente estampa lo han convertido en un escenario cinematográfico de primer orden, destacando su aparición protagonista en la película El reino de los cielos (Kingdom of Heaven) de Ridley Scott.
Poco a poco nos íbamos acercando.
Imagen del castillo por la cara norte. Estamos cerca del acceso.
Antes de entrar, una vuelta por el entorno.
Clic.
Clic.
Foto en zoom desde las cercanías.
Clic 2.
La impresionante iglesia de S. Pedro por su ábside.
La Torre del Homenaje.
Panorámica.
Dispuestos a entrar por la puerta de la muralla.
Dentro del recinto amurallado.
Murallas.
Ábside de la iglesia de S. Pedro.
Vistas desde el acceso al castillo. A la izquierda lo que queda de la antigua iglesia, torre del campanario, también conocida como Torre del Vigía o Torre Albarrana.