En el paisaje de la Rioja Alavesa, entre los extensos viñedos que se extienden al pie de la Sierra de Cantabria o Sierra de Toloño, se encuentra el dolmen de El Sotillo, en el municipio de Leza y próximo a Laguardia.
El monumento fue descubierto en 1955 por Domingo Fernández Medrano y objeto de una primera documentación al año siguiente por Fernández Medrano y José Miguel de Barandiarán. En 1963 fue excavado por Fernández Medrano, Barandiarán y Juan María Apellániz, trabajos que permitieron conocer tanto su estructura como los restos y objetos depositados en su interior. Posteriormente fue objeto de trabajos de conservación y acondicionamiento.
El Sotillo responde al modelo de dolmen de corredor, formado por una cámara funeraria y un pasillo de acceso. La cámara, de planta prácticamente circular u ovalada, tiene unos tres metros de diámetro y está delimitada por nueve grandes ortostatos de arenisca. Actualmente carece de las losas que originalmente formarían su cubierta. El corredor, orientado aproximadamente hacia el sur, es de reducidas dimensiones y está constituido por varias losas enfrentadas y pequeños elementos de apoyo.
Todo el sepulcro estaba integrado en un túmulo circular de unos doce metros de diámetro y alrededor de metro y medio de altura, construido principalmente con piedras procedentes del entorno. La disposición del monumento y su emplazamiento muestran la importancia que estos grupos humanos concedían a determinados lugares del territorio, donde los grandes monumentos funerarios podían actuar también como elementos visibles y perdurables dentro del paisaje.
La excavación de 1963 proporcionó importantes evidencias arqueológicas. En el interior del dolmen se recuperaron los restos de trece individuos, acompañados por diversos elementos de ajuar, entre ellos instrumentos de sílex, puntas de flecha, un brazal de arquero, objetos metálicos y recipientes cerámicos. Algunos de estos materiales corresponden al Calcolítico, mientras que otros testimonian posteriores reutilizaciones del sepulcro durante la Edad del Bronce y la Edad del Hierro. El monumento fue, por tanto, utilizado durante diferentes momentos de la Prehistoria, manteniendo durante siglos su carácter funerario.
Entre los hallazgos más llamativos destaca el estudio genético realizado sobre uno de los individuos enterrados en El Sotillo. Los análisis del ADN antiguo han proporcionado información excepcional sobre los movimientos y contactos entre poblaciones de la Europa prehistórica. Además, uno de los individuos enterrados, fallecido hace aproximadamente 3.300 años, proporcionó una de las evidencias más antiguas conocidas de la presencia de Yersinia pestis, la bacteria responsable de la peste, en la península ibérica.
Hoy, entre los viñedos y bajo la imponente presencia de la Sierra de Cantabria, las piedras de El Sotillo continúan evocando un pasado remoto. Sus grandes losas, desprovistas ya de la cubierta que protegió la cámara funeraria, son el vestigio visible de una construcción levantada hace más de cuatro mil años. El dolmen permanece así como una silenciosa memoria de quienes habitaron y recorrieron este territorio mucho antes de que el paisaje de viñedos que hoy caracteriza la Rioja Alavesa adquiriese su actual fisonomía.
Asentada sobre una colina que domina la margen izquierda del río Ebro, San Vicente de la Sonsierra constituye uno de los conjuntos históricos más interesantes de La Rioja. Su privilegiada posición, entre el valle del Ebro y las sierras que lo separan de Álava, convirtió a la villa durante siglos en un estratégico enclave fronterizo. A ello se suma un extraordinario patrimonio monumental y arqueológico, al que acompaña un paisaje profundamente marcado por la cultura del vino y por los extensos viñedos de la Sonsierra.
La presencia humana en este territorio se remonta a tiempos prehistóricos, como atestiguan diversos yacimientos y restos arqueológicos. Sin embargo, la historia de la actual población quedó especialmente determinada desde la Edad Media por su condición fronteriza entre los reinos de Navarra y Castilla. Esta situación explica la construcción de la fortaleza que corona la localidad y el desarrollo de un recinto amurallado destinado no solo a la defensa, sino también a proteger a la población que fue concentrándose en su interior.
El elemento que mejor resume la historia medieval de San Vicente de la Sonsierra es su castillo-fortaleza, levantado en lo alto del cerro y dominando visualmente el Ebro y buena parte del territorio circundante. La fortaleza formaba parte de la línea defensiva navarra frente a Castilla y su construcción comenzó en la segunda mitad del siglo XII, durante el reinado de Sancho VI el Sabio de Navarra. En 1172 el monarca concedió fuero a la villa, reforzando su condición de población realenga y su importancia estratégica.
La fortaleza fue creciendo con el paso del tiempo hasta configurar un complejo defensivo de notable extensión. Sus murallas se organizan en tres recintos escalonados, adaptados a la forma del cerro: el albacar, destinado en buena medida a albergar las viviendas de los pobladores; un recinto intermedio o cortijo; y el recinto superior, donde se encontraba propiamente el castillo. Entre sus elementos defensivos destacan la Torre Mayor, la Torre del Reloj y las antiguas puertas de acceso, entre ellas la llamada Puerta de la Primicia o de Navarra.
Durante los siglos XIII y XIV la fortificación fue ampliándose, al tiempo que la población buscaba la protección de sus murallas. La situación cambió radicalmente en el siglo XV, cuando San Vicente pasó definitivamente a la órbita castellana.
En el corazón del antiguo recinto fortificado se levanta la magnífica iglesia parroquial de Santa María la Mayor, uno de los principales monumentos de San Vicente de la Sonsierra. El templo comenzó a construirse entre finales del siglo XV y comienzos del XVI, cuando la fortaleza había perdido buena parte de su importancia militar. Su ubicación dentro de las antiguas murallas constituye uno de los rasgos más singulares del conjunto monumental.
El edificio pertenece al gótico tardío, también denominado gótico final, flamígero o estilo de los Reyes Católicos. La iglesia fue declarada Monumento Nacional en 1933, reconocimiento que pone de manifiesto su excepcional valor histórico y artístico.
Muy próxima a Santa María la Mayor se encuentra la ermita de San Juan de Arriba o de San Juan de la Cerca, integrada igualmente en el recinto fortificado. Posee además una particular importancia en la vida religiosa y tradicional de la localidad, al estar vinculada a la Cofradía de la Santa Vera Cruz de los Disciplinantes, relacionada con la singular tradición de los Picaos, una de las manifestaciones religiosas más conocidas de San Vicente de la Sonsierra.
Otro de los elementos característicos de la fortaleza es la Torre del Reloj, situada entre el recinto superior y la explanada donde se encuentran Santa María la Mayor y San Juan de Arriba. Se trata de una antigua torre albarrana, posteriormente adaptada para albergar el reloj público de la villa. Su posición permite comprender la compleja organización defensiva del antiguo castillo.
Con la pérdida de su función fronteriza, el castillo comenzó a perder importancia militar y, progresivamente, el núcleo habitado fue desplazándose fuera de las murallas, hacia la actual Plaza Mayor y las calles que forman el casco histórico. La Plaza Mayor comenzó probablemente a configurarse en el siglo XVI, aunque buena parte de las edificaciones que hoy definen el centro histórico corresponden a los siglos XVII y XVIII.
En la plaza sobresalen el Ayuntamiento, cuya construcción se inició en el siglo XVII y que fue desarrollado en buena medida por Francisco de Mendieta hacia 1726, y el Palacio Gil Aguiriano, junto con otras casas señoriales y edificios históricos. En el centro de la plaza se encuentra también una fuente instalada en 1882, vinculada a la primera traída de aguas de la localidad.
La fortaleza recuperaría temporalmente su función defensiva durante las guerras carlistas del siglo XIX, pero posteriormente sufrió un prolongado proceso de abandono y deterioro. Parte de sus murallas llegó a derrumbarse y sus piedras fueron reutilizadas en otras construcciones.
A los pies del cerro fortificado se encuentra otro de los grandes elementos patrimoniales de San Vicente: su puente medieval sobre el río Ebro. Su posición no es casual, pues controlaba uno de los pasos del río en esta antigua zona fronteriza entre Navarra y Castilla.
Aunque se ha relacionado su origen con la época en que Sancho VI concedió fuero a la villa, las estructuras más antiguas conservadas podrían remontarse al siglo XIII. El puente original contaba con trece arcos y dos torres defensivas. Posteriormente fue reconstruido, especialmente a finales del siglo XVI, y su configuración fue modificándose hasta alcanzar su aspecto actual.
La imagen del puente al pie de la fortaleza, con el castillo dominando desde lo alto el cauce del Ebro, constituye una de las estampas más características de San Vicente de la Sonsierra.
La riqueza patrimonial de San Vicente de la Sonsierra no termina en sus edificios. Su territorio conserva un importante conjunto de necrópolis antropomorfas, eremitorios rupestres, lagares excavados en la roca, prensas rupestres y guardaviñas, testimonios de una larga ocupación humana y de la estrecha relación entre sus habitantes y el paisaje.
Iglesia de Santa María La Mayor y el castillo desde la lejanía.
Se puede observar el derrumbe del muro de contención de la iglesia por las lluvias de mayo de este año.
Imagen de mi archivo de hace muchos años donde se percibe cómo estaba el muro de contención perfectamente conservado. En general, apenas había árboles.
Puente medieval.
Clic.
Clic.
Callejeando.
Ermita de San Roque.
Plaza Mayor.
Bodegas.
El puente medieval desde el trayecto al castillo.
Castillo.
Castillo de Davalillo en zoom.
Sierra Cantabria.
Dentro del recinto amurallado superior.
Torre mayor.
Torre del Reloj.
Pozo/aljibe.
Clic
Clic.
Iglesia de Santa María La Mayor. El acceso estaba cerrado por el derrumbe del muro de contención.
Mariposas dentro del recinto amurallado.
FOTOS DE MI ARCHIVO, RELATIVAS A LA TRADICIONAL AUTOFLAGELACIÓN PÚBLICA EN SEMANA SANTA (LOS PICAOS DE SAN VICENTE DE LA SONSIERRA):