Aunque ya dimos cuenta de una visita a Oña y al Monasterio de San Salvador en Junio de 2022, había diversas estancias del Monasterio que no estaban abiertas por depender a la Diputación de Burgos. Se trata del claustro barroco, de la escalera magna y del patio de San Íñigo que está en obras.
El Claustro Barroco de San Salvador de Oña:
Nos encontramos en un espacio que, aunque enclavado en el corazón del Monasterio de San Salvador de Oña, es hoy propiedad de la Diputación Provincial de Burgos, manteniendo una titularidad independiente a la de la iglesia abacial. Al adentrarnos en él, el claustro barroco nos recibe con el atractivo de su reciente y profunda restauración. El paraje ha cambiado por completo: se han eliminado los grandes árboles y el antiguo jardín que ocupaban el patio central, y la meticulosa limpieza de los paramentos ha devuelto a la piedra su desnudez y luminosidad originales, revelando una fisonomía radicalmente distinta a la que la memoria reciente nos tenía acostumbrados.
El artífice de esta obra fue el monje lego de Cardeña Fray Pedro Martínez —arquitecto, matemático y teórico de la construcción—, quien levantó este claustro en el segundo cuarto del siglo XVIII. Su destino quedó unido para siempre a estos muros, pues fue precisamente aquí, en Oña, durante una de sus visitas de inspección a los trabajos, donde la muerte le sorprendió el 4 de febrero de 1733.
Arquitectónicamente, el recinto presenta una planta casi cuadrada organizada en dos alturas, donde las pandas inferiores nos abrazan bajo hermosas bóvedas de crucería. Sin embargo, la pureza inicial del diseño de Fray Pedro se encuentra hoy desdibujada. Los pisos superiores que observamos en la actualidad son añadidos posteriores, la huella tangible que dejaron las sucesivas intervenciones de la Diputación de Burgos y, muy especialmente, de la Compañía de Jesús.
Y es precisamente el legado de los jesuitas el que guarda uno de los secretos más cautivadores del claustro. Si uno detiene la mirada en el pavimento, puede descubrir un conjunto de baldosas con grabados dedicados a su fundador, San Ignacio de Loyola entre otros. Estas inscripciones encierran un valor íntimo y singular: están cinceladas en un euskera anterior a la unificación del batúa, poseyendo claras resonancias del dialecto vizcaíno. Constituyen un testimonio silencioso, escrito en piedra, que nos recuerda el paso de las generaciones de jesuitas vascos que, a lo largo de casi un siglo, estudiaron y caminaron por estas mismas galerías.
Para todo lo demás y para evitar repeticiones innecesarias os emplazo a que entréis clicando en ESTE ENLACE.
Comenzando la visita. Iglesia abacial.
Santa Tigridia.
Fresco que representa la vida de Santa María Egipciaca. S-XIV.
Cristo de Santa Tigridia S. XII-XIII.
Capiteles góticos de la iglesia abacial.
Órgano Barroco de Antonio de San Juan (1.768).
Bóveda de la capilla de San Íñigo cuyas pinturas son obra de Francisco Bayeu, cuñado de Goya.
Panteones reales.
Sala capitular. Románico.
Clic. Claustro gótico flamígero.
Panteones de los Condes de la Bureba.
Entrando al antiguo psiquiátrico para llegar al claustro barroco.
A pocos kilómetros de Laguardia, junto a la carretera A-124 que comunica la localidad con Vitoria-Gasteiz, se encuentra el dolmen de San Martín, uno de los monumentos megalíticos más importantes de la Rioja Alavesa y una pieza fundamental para comprender las prácticas funerarias de las comunidades que habitaron este territorio hace más de cinco mil años. Su presencia, en medio del paisaje de viñedos y con la Sierra de Toloño como telón de fondo, constituye uno de los testimonios más antiguos de la ocupación humana de esta comarca.
El monumento responde al modelo de dolmen de corredor, una construcción funeraria característica del fenómeno megalítico. Su estructura está formada por una amplia cámara funeraria de planta poligonal, delimitada por diez grandes losas verticales de arenisca, a la que se accede mediante un corredor de unos cuatro metros de longitud. Originalmente, la construcción estaba cubierta por grandes losas y protegida por un túmulo de tierra y piedras, que daba al conjunto su característica apariencia monumental. En la actualidad solamente conserva una de las losas de cubierta del corredor.
El túmulo sufrió diversas alteraciones a lo largo del tiempo, especialmente como consecuencia de las labores agrícolas y del aprovechamiento de algunas de sus piedras. Sin embargo, el conjunto conserva todavía una notable presencia en el paisaje. Una de sus particularidades más llamativas es la existencia, adosado al monumento, de un guardaviñas o chozo tradicional, construido con piedras procedentes del propio túmulo y cubierto mediante una falsa cúpula. Este curioso aprovechamiento posterior demuestra cómo una construcción prehistórica pudo integrarse, muchos milenios después, en las actividades agrícolas tradicionales de Rioja Alavesa.
El dolmen fue descubierto el 11 de abril de 1956 por José Miguel de Barandiarán y Domingo Fernández Medrano. Ocho años después, en 1964, ambos investigadores, junto con Juan María Apellániz, llevaron a cabo la excavación arqueológica del monumento. Aquella intervención tuvo una especial importancia para la arqueología prehistórica española, ya que permitió estudiar con claridad la estratigrafía de la cámara y diferenciar distintos momentos de utilización del sepulcro.
Precisamente uno de los aspectos más interesantes de San Martín reside en que no fue utilizado durante un único momento, sino que conoció diferentes fases de ocupación funeraria. Durante la excavación se identificaron dos niveles claramente diferenciados. El inferior, correspondiente al Neolítico, contenía la mayor parte de los enterramientos y estaba acompañado de diversos objetos, entre ellos útiles de sílex, hachas de piedra, fragmentos de cerámica y los característicos ídolos-espátula realizados sobre huesos de animales. Un segundo momento de utilización, ya en época calcolítica, estuvo representado por un enterramiento acompañado de un ajuar que incluía un puñal de lengüeta de cobre, cerámica campaniforme, puntas de flecha y botones de hueso.
La presencia de estos dos niveles permite contemplar el dolmen no como una tumba utilizada en un momento concreto, sino como un lugar de especial significado para varias generaciones. Durante siglos, las comunidades prehistóricas regresaron a este espacio para depositar a sus muertos, renovar los rituales funerarios y dejar junto a ellos objetos relacionados con sus creencias y su vida cotidiana. La propia disposición de los restos y ajuares evidencia, además, las sucesivas reutilizaciones de la cámara.
San Martín ha proporcionado también algunos de los interrogantes más sugerentes de la prehistoria de la Rioja Alavesa. Determinados objetos recuperados en el nivel funerario presentan una antigüedad superior a la de algunos de los restos humanos con los que aparecieron asociados. Este hecho ha planteado la posibilidad de que ciertos objetos hubieran sido conservados durante generaciones antes de ser depositados en el sepulcro, o incluso que pudieran proceder de una tradición funeraria anterior. Lejos de restar valor al monumento, estas incógnitas contribuyen a mantener vivo el interés científico por San Martín.
Tras los viñedos...
Guardaviñas al lado del dolmen.
Entrada al guardaviñas.
El corredor del dolmen en primer plano,
Al fondo, la sierra de Cantabria o Sierra de Toloño.
En el paisaje de la Rioja Alavesa, entre los extensos viñedos que se extienden al pie de la Sierra de Cantabria o Sierra de Toloño, se encuentra el dolmen de El Sotillo, en el municipio de Leza y próximo a Laguardia.
El monumento fue descubierto en 1955 por Domingo Fernández Medrano y objeto de una primera documentación al año siguiente por Fernández Medrano y José Miguel de Barandiarán. En 1963 fue excavado por Fernández Medrano, Barandiarán y Juan María Apellániz, trabajos que permitieron conocer tanto su estructura como los restos y objetos depositados en su interior. Posteriormente fue objeto de trabajos de conservación y acondicionamiento.
El Sotillo responde al modelo de dolmen de corredor, formado por una cámara funeraria y un pasillo de acceso. La cámara, de planta prácticamente circular u ovalada, tiene unos tres metros de diámetro y está delimitada por nueve grandes ortostatos de arenisca. Actualmente carece de las losas que originalmente formarían su cubierta. El corredor, orientado aproximadamente hacia el sur, es de reducidas dimensiones y está constituido por varias losas enfrentadas y pequeños elementos de apoyo.
Todo el sepulcro estaba integrado en un túmulo circular de unos doce metros de diámetro y alrededor de metro y medio de altura, construido principalmente con piedras procedentes del entorno. La disposición del monumento y su emplazamiento muestran la importancia que estos grupos humanos concedían a determinados lugares del territorio, donde los grandes monumentos funerarios podían actuar también como elementos visibles y perdurables dentro del paisaje.
La excavación de 1963 proporcionó importantes evidencias arqueológicas. En el interior del dolmen se recuperaron los restos de trece individuos, acompañados por diversos elementos de ajuar, entre ellos instrumentos de sílex, puntas de flecha, un brazal de arquero, objetos metálicos y recipientes cerámicos. Algunos de estos materiales corresponden al Calcolítico, mientras que otros testimonian posteriores reutilizaciones del sepulcro durante la Edad del Bronce y la Edad del Hierro. El monumento fue, por tanto, utilizado durante diferentes momentos de la Prehistoria, manteniendo durante siglos su carácter funerario.
Entre los hallazgos más llamativos destaca el estudio genético realizado sobre uno de los individuos enterrados en El Sotillo. Los análisis del ADN antiguo han proporcionado información excepcional sobre los movimientos y contactos entre poblaciones de la Europa prehistórica. Además, uno de los individuos enterrados, fallecido hace aproximadamente 3.300 años, proporcionó una de las evidencias más antiguas conocidas de la presencia de Yersinia pestis, la bacteria responsable de la peste, en la península ibérica.
Hoy, entre los viñedos y bajo la imponente presencia de la Sierra de Cantabria, las piedras de El Sotillo continúan evocando un pasado remoto. Sus grandes losas, desprovistas ya de la cubierta que protegió la cámara funeraria, son el vestigio visible de una construcción levantada hace más de cuatro mil años. El dolmen permanece así como una silenciosa memoria de quienes habitaron y recorrieron este territorio mucho antes de que el paisaje de viñedos que hoy caracteriza la Rioja Alavesa adquiriese su actual fisonomía.