En el extremo norte de la provincia de Segovia, asentada sobre las laderas de un estrecho valle por el que discurre el río Duratón, se encuentra Fuentidueña, una de esas villas castellanas en las que la historia parece haberse detenido entre murallas, iglesias románicas y viejas piedras. Su privilegiada posición, dominando el valle y las vías de comunicación de la comarca, explica la importancia estratégica que alcanzó durante la Edad Media.
Aunque sus orígenes se remontan probablemente a los primeros tiempos de la repoblación cristiana, Fuentidueña aparece documentada en el siglo XII. En 1147 se convirtió en cabeza de la Comunidad de Villa y Tierra de Fuentidueña, iniciando una etapa de especial relevancia que alcanzaría su máximo esplendor durante los siglos XII y XIII. La villa quedó entonces protegida por un amplio recinto amurallado y su posición estratégica hizo que estuviera vinculada a algunos de los principales acontecimientos de la Castilla medieval. El propio Alfonso VIII estuvo estrechamente relacionado con Fuentidueña, donde celebró Cortes y otorgó testamento en 1204.
Con el paso del tiempo, y especialmente desde el siglo XIV, la pérdida progresiva de su función militar y administrativa provocó un lento declive. Sin embargo, Fuentidueña conserva todavía un excepcional conjunto histórico, declarado Conjunto Histórico-Artístico en 2007, que reúne numerosos vestigios de su pasado medieval.
En la parte más elevada de la villa se encuentran las ruinas del castillo, integrado en el antiguo sistema defensivo de Fuentidueña. De la fortaleza apenas sobreviven algunos muros, torres y estructuras dispersas, pero su emplazamiento permite comprender perfectamente su función: dominaba desde lo alto el caserío, el valle del Duratón y los caminos de acceso a la población. Las actuales estructuras parecen corresponder fundamentalmente a reformas de los siglos XII y XIII, con posteriores modificaciones. Junto al castillo se extiende el recinto amurallado, que conserva buena parte de su trazado y varias de sus antiguas puertas.
Muy cerca del castillo se encuentran las ruinas de la iglesia de San Martín, uno de los lugares más evocadores de Fuentidueña. El templo, de origen románico, estuvo ligado a la importancia estratégica que tuvo la villa durante la Edad Media. A su alrededor se conserva además una notable necrópolis rupestre, formada por numerosas sepulturas antropomorfas excavadas directamente en la roca. Aquí se enterró a los habitantes de la villa de Fuentidueña desde el siglo X hasta el siglo XVIII, cuando se abandona la iglesia por encontrarse en ruinas.
La historia reciente de San Martín está marcada por la pérdida de su magnífico ábside románico. Como parte de una operación del gobierno de la época para recuperar algunas de las pinturas de la iglesia de San Baudelio de Berlanga (Soria), en 1958 fue desmontado y trasladado a Estados Unidos, donde actualmente forma parte de The Cloisters, dependiente del Metropolitan Museum of Art de Nueva York. En Fuentidueña permanecen las ruinas de la nave y los restos de la torre, convertidos hoy en un testimonio especialmente sobrecogedor de la pérdida y dispersión de parte del patrimonio histórico español.
Ladera abajo, entrando al pueblo, la iglesia románica de San Miguel constituye uno de los monumentos mejor conservados de la villa. Construida en el siglo XII, presenta una sencilla pero armoniosa arquitectura románica, con una sola nave, ábside semicircular y una hermosa galería porticada. Esta última, formada por siete arcos apoyados sobre columnas geminadas, es uno de los elementos más característicos del templo. Sus capiteles presentan decoración vegetal y en las piedras del pórtico pueden encontrarse incluso antiguos juegos grabados, pequeñas huellas de la vida cotidiana de quienes utilizaron este espacio a lo largo de los siglos. La cornisa exterior se remata con un conjunto de canecillos decorados con motivos zoomorfos y antropomorfos muy bien acabados y en buen estado de conservación.
Descendiendo hacia el río se encuentra otro de los elementos fundamentales de la historia de Fuentidueña: su puente medieval sobre el Duratón. El puente permitió comunicar la villa con los caminos que discurrían por ambas orillas y tuvo una importancia esencial para el tránsito de personas, mercancías y ganado. Aunque su origen es medieval, la estructura que ha llegado hasta nuestros días fue prácticamente rehecha en el siglo XVIII, conservando, no obstante, la memoria de aquel antiguo paso que comunicaba Fuentidueña con su entorno.
Fuentidueña conserva además otros vestigios que completan el recorrido por su pasado: la antigua iglesia de Santa María del Arrabal, el hospital de la Magdalena, la capilla de los Condes de Montijo y diferentes ejemplos de arquitectura tradicional. Todo ello se integra en un paisaje urbano en el que las murallas, las calles estrechas y las construcciones de piedra evocan todavía el carácter de una antigua villa fortificada.
Hoy, entre las ruinas y los edificios conservados, Fuentidueña mantiene intacta buena parte de la atmósfera de aquella villa medieval que durante siglos dominó el valle del Duratón, constituyendo uno de los conjuntos históricos más singulares y evocadores de la provincia de Segovia.
Recinto amurallado de Fuentidueña.
Murallas del castillo.
Ruinas de la iglesia de San Martín.
Necrópolis altomedieval rodeando las ruinas de la iglesia de San Martín.
Vegafría no es uno de esos pueblos ricos en historia o patrimonio artístico. Vegafría es el pueblo donde nació el padre de Pedro, así como algunos de sus hermanos mayores y allí vivieron hasta que la necesidad les impulsó a emigrar al norte, en busca de una vida mejor. Ya había visitado en una ocasión anterior este pueblo con Pedro, pero esta vez nos fuimos preparados con la intención de hacer un reportaje en condiciones. Por consiguiente, se puede decir que lo que impulsa la realización de esta entrada es, sobre todo, hacer un ejercicio de memoria sentimental.
Vegafría se sitúa al norte de Segovia, lindando ya con la provincia de Valladolid. Desde 1970 está agregado al municipio de Olombrada. Sin embargo, aunque Olombrada pertenece a la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar, Vegafría está integrada históricamente en la Comunidad de Villa y Tierra de Fuentidueña.
Como tantos otros, este enclave nace en la época de la Reconquista, que por estos parajes empieza a lo largo del siglo XI. En 1210 aparece mencionada en el deslinde de los territorios del concejo de Cuéllar por parte de Alfonso VIII:
«…e dend a la fuente de Val de la cueva, e dend a las peñas que están sobre Benbibre, e dend a la carera de Vega fría…»
Como se observa, en un principio la localidad aparece referida como Vega Fría y el pueblo hace honor a su nombre, pues en esta zona de vega la temperatura puede bajar un par de grados con respecto a su entorno, lo cual puede resultar agradable en verano pero no tanto en invierno.
Ya en 1247 el pueblo aparece referido con su nombre actual, Vegafría, aunque durante mucho tiempo pueden encontrarse ambas versiones en diferentes documentos.
En la actualidad la localidad está rodeada fundamentalmente de campos de cereales y en sus cercanías también encontramos algún pinar. Sin embargo, la presencia de varias bodegas en las afueras de la población delata que en el pasado el cultivo de la vid también fue parte de la economía local.
Estas bodegas se sitúan especialmente en las cercanías de la ermita del Santo Cristo del Humilladero. Recoge Pascual Madoz en su "Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar" (1845-1850) que esta era una de las 255 ermitas existentes entonces en la provincia de Segovia.
El Humilladero está unido al pueblo por un calvario o Vía Crucis, con sus estaciones marcadas por sus correspondientes cruces de piedra, siguiendo la tradición muy presente en muchos pueblos de la zona.
La vida en Vegafría se articula alrededor de su plaza mayor, "El Pradillo", tapizado en césped y sin rastros de asfalto o adoquinado. En el mismo encontramos una fuente y el lavadero que, aunque no mantiene su función, sigue recibiendo agua en su pileta.
En las inmediaciones de "El Pradillo", al otro lado de la carretera que cruza la localidad, encontramos el edificio más destacado de Vegafría, la iglesia de Santa María Magdalena, denominada así por la santa patrona de Vegafría, en cuyo honor se celebran las fiestas del pueblo el 22 de julio.
Esta iglesia tiene un origen románico, pero apenas quedan restos del mismo. El elemento más destacado de esta época es su pila bautismal románica, fechada a finales del siglo XII o principios del siglo XIII. Se encuentra situada en una capilla a los pies del templo y arrimada al muro de la epístola. Se compone de una copa semiesférica de 117 cm de diámetro asentada sobre pie troncocónico de 30 cm de altura. Su única decoración se centra en el vaso, con un esquema repetido de gruesos gallones bajo arcos pinjantes rematado por una cenefa de puntas de diamante y bocel cercano a la embocadura.
El edificio actual data del siglo XVI. Se partió de un proyecto ambicioso para una iglesia de trazas góticas, pero no se llegó a completar, por lo que se observa una cierta desproporción entre la nave y la cabecera. El transepto, la capilla mayor y la capilla lateral se cubren con bóvedas de crucería cuyos nervios parten de grandes columnas. Sin embargo, la nave principal se cubre con un artesonado mudéjar, posiblemente por falta de fondos para completar las bóvedas proyectadas.
El retablo mayor es una obra de alrededor de 1595 tallada por Pedro de Santollo y con pinturas de Gabriel de Cárdenas Maldonado, este último considerado el artista de mayor
relieve activo en Cuéllar en el último tercio del siglo XVI.
La iglesia está dotada con un órgano de 1859, obra de José Otorel. Durante muchos años estuvo inactivo por su deterioro, pero en 2009 fue restaurado y puesto nuevamente en servicio por Fermín Trueba Pérez, un amante de estas joyas musicales a las que ha dedicado buena parte de
su vida. Por sus manos han pasado importantes restauraciones en
Castilla y León.
Vegafría es uno de esos tantos pueblos aquejados por la despoblación. Según los datos del INE, en 1950 tenía censados 310 habitantes, pero desde ahí inició un lento declinar por el rápido éxodo de buena parte de su población a capitales del entorno y del norte, buscando una mejoría de la economía familiar. De esta forma, ya en el año 2000 apenas tenía 41 habitantes censados y desde ahí el declive ha sido espectacular, pasando a tener meramente 8 habitantes en el censo de 2024.
Pese a todo, Vegafría todavía sigue recuperando parte de su vida perdida en los meses de verano, con la vuelta al pueblo de los hijos, nietos e incluso biznietos de sus habitantes emigrados. Parte de esta recuperación ha sido gracias a la acción de la "Asociación de Amigos de Vegafría", que ha impulsado la realización de actividades culturales y lúdicas, especialmente durante la "Semana Cultural de Vegrafía", celebrada entorno a la segunda semana de agosto.
Ayudando de alguna manera al resurgir de la vida de Vegafría, en los últimos años se han instalado en el pueblo dos casas rurales, "El Lagar de Vegafría" y más recientemente "La Vega Fría". Aunque el número de habitantes sigue en franco declive, la vida de Vegafría se resiste a desaparecer. Esperemos que sea así por mucho tiempo.
Vía Crucis
Ermita del Santo Cristo del Humilladero
Bodegas.
Clic.
Iglesia de Santa María Magdalena (S. XVI, de origen románico).
Espadaña.
Retablo Mayor: 1595. Talla: Pedro de Santoyo. Pintura: Gabriel de Cárdenas.